DIARIO DE UNA YOGUINI IMPERFECTAMENTE PERFECTA

Diario de una Yoguini Imperfectamente Perfecta

Tras haberme formado durante 3 años en 2 escuelas diferentes de Yoga, creía ser una buena Yoguini. Hasta que un día decidí realizar una tercera formación de tres años más y mi querido profesor Arjuna de la escuela de Yoga Síntesis, en una de sus clases de pedagogía comenzó a dictar los “errores de un profesor de Yoga”.

Cual fue mi sorpresa que, mientras iba el profesor dictando, me di cuenta  ¡que los tenía todos!

Como es natural esto me hizo replantearme mi visión sobre mi forma de impartir el Yoga, que hasta ese momento estaba muy unida a mi propio Ego. Me dio un buen tortazo al Ego. ¡Cómo era posible! ¡yo, que había hecho ya 3 años en 2 escuelas distintas! ¡si llevaba ya 5 años dando clase!

Esto es malo? No. Esto es bueno? Tampoco. Bueno o malo son adjetivos de mi azotea o biblioteca mental (bien llamada mente). Lo más importante para mí fue ese “darme cuenta”.

Así que durante el tiempo que dure mi imperfecta imperfección, que será posiblemente toda mi vida en este plano (y en los siguientes probablemente también) durante una vez al mes, tengo la intención de contarte mi experiencia. Me “desnudaré” (es metáfora), para que veas cómo tras una profesora de Yoga como yo, está el ser humano corriente, perfeccionista, vulnerable y también a veces egocéntrica.

O sea, un ser humano imperfectamente perfecto.

No te preocupes lector, que también te daré chicha de la buena, pero no pienso masticarte la. :), te mostraré para que aprendas tú a masticar solo(a) 🙂

Mi Primera Clase de Yoga Como Alumna “Capítulo 1”

Mi primera clase de Yoga como alumna, (unos 13 o 15 años atrás) fue un desastre. Ya que en aquel momento probé el Yoga sólo porque el profesor era muy bueno en otras disciplinas y yo era una fiel seguidora, así que cuando me propuso ir a una clase y probarla, lo tuve bien claro: Cuenta conmigo le dije. Y así fue.

Sin embargo, lo que me encontré fue con mi Ego de cara, de frente, ya que como yo era muy risueña, y “necesitaba” que la gente me aprobara, mi actitud era de “super simpática”. Esto obviamente lo veo hoy, ya que en su día me creía la dueña del mambo.

No quiere decir que fuera antipática tampoco, sino que me iba al polo opuesto. En clase era como la chiquilla que necesita de atención constante, así que me reía en las posturas y hacía que mis compañeras también lo hicieran, ya que tengo ese imán, empatía (porque yo no hago nada conscientemente) y me seguían. Recuerdo que en la relajación me entró esa risa que basta que no quieras reírte para que ahí esté y más fuerte, y además contagiosa.

Conclusión; el profesor me regañó, me sentí como una niña pequeña a la que su papá se enfada con ella, y el miedo a perder a alguien como “papá” hizo que mi actitud se modificara.

Ese día el Yoga no me gustó, ni tampoco el siguiente, ni el siguiente… así hasta un mes. No me gustó porque sacó de mí cositas que creía que eran de otros. Sin embargo, seguí yendo (por el profesor “o sea papá”), y esta acción fue el inicio del cambio.

Hoy se que la herida de mi papá (ausente pues murió cuando yo contaba con 4 años), estaba presente, de hecho, lo he trabajado mucho y aún así a veces regresa ese pensamiento. Solo que hoy afortunadamente para mí, tengo herramientas que bien usadas me ayudan a ver que esa ausencia no es más que mi padre interno.

Primera lección: Si espero a que otros me atiendan, o siento que no lo hacen, no son ellos, soy yo:  Atiende te Maite

En el siguiente capítulo 🙂 te contaré los motivos que me indujeron a estudiar Yoga.

Un abrazo desde el cariño

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